miércoles, 7 de julio de 2010

La Judea Motrileña. Paso de Simón 1.920. Por Emilio Fernández Gálvez














Foto 1.















Autor de la foto: Desconocido
Procedencia de la foto:
Fecha: Motril 1920

Nos cuenta Frasquito cómo, de joven, conoció a un maestro de escuela, granadino y, a pesar de ello, graciosísimo, jocoso y dicharachero. Este Maestro, con mayúsculas, se enamoró perdidamente de Cañizares. Contaba anécdotas de esta bendita tierra y no paraba. A manera de introducción relata su llegada a Cañizares preguntando a un arriero dónde vivía un cura de aquella época, don Antonio se llamada el párroco. El guía asnal le dijo: “Coja usted este camino tó p’adelante sin parar. Se encontrará una iglesia con un Cristo de piedra en la puerta, no le haga caso al Cristo ni a la madre que lo parió, siga andando y llegará a un callejón a la derecha, pues bien la primera casa a la izquierda, esa es” y siguió con su burro echándole maldiciones y tachándolo de vago indecente, comparándolo con zaherimiento a los políticos del momento.

Frasquito no podía aguantar más la risa. Le dolían los ijares de tanto carcajeo. Y nuestro querido maestro, cogió de nuevo las riendas narrativas y le contó la odisea que da titulo a este trabajo.

Era costumbre en el pueblo, cada Semana Santa, representar la pasión de Cristo, interpretada por los mozos del lugar, eso sí “a su manera”. En las escalinatas de la Iglesia Mayor se ponían los artistas y en la plaza los espectadores. Era un verdadero milagro divino que la cosa no terminara a palos.

Primero salía Jesús, rezando en el huerto de Getsemaní, con sus toscas manos llenas de callos arqueadas intentando apretar una contra otra, con la cara muy seria mirando a diestro y siniestro para ver lo que tenía que hacer a continuación, pues esta gran Compañía estaba dotada hasta de un Regidor, o Maestro de Ceremonias.
Hacia la derecha se colocaba San Pedro, con una luenga barba, que habían moteado de albayalde para darle un toque canoso.

Comienza la acción. A lo lejos se oye un ruido como de pisadas acompasadas, militares. Aparece un grupo de soldados romanos, al frente de los cuales viene un mocetón alto y fornido, con más entorchados que el resto, lo que nos hace presumir que es el mandamás. Luego nos enteramos que era el Centurión romano.
Llegados frente a Jesucristo dice el mandamás, que no es otro que Pepico "el cojo”:

¿Eres tu Jesús "el Campanero"?

—Sí, yo soy, ¿qué coño quieres?

—Pues nosotros semos un “cinturón” y 25 sordaos que venemos a prendete y a crucificate.

—¿A mí?, ¿a mí? (elevando la voz) ¡No hay coones!

Aquí interviene Pedro, con una espada de madera (afortunadamente), y tirando de la manga de la túnica del Maestro le dice, todo nervioso:

—Maestro, ¿les atizo?

—¡Tente, Pedro, tente!

Y continúa la discusión con el Centurión romano, llegando incluso a ofenderse mutuamente, sacando a colación cuestiones personales muy delicadas. El romano intenta razonar con Jesús, pero éste no es otro que Paquillo “el cabezón” y os podéis imaginar que llegar a un acuerdo con él era una tarea de micos.

Pedro insistía, apretando el brazo de Jesús:

—¿Les atizo, Maestro?

—Pedro, ¡esfarátalos!

El romano pegó un tirón de las barbas de San Pedro, dejando al descubierto el rostro original, que no era otro que el de Juanico “el bizco”.

Se forma un guirigay, entre el jolgorio de todo el público. Mientras se encona la trifulca, uno de los soldados es comisionado para llegarse al Cuartel de la Guardia Civil, e informar del evento a la Autoridad.


—Buenos días, mi Comandante. Dice el romano dirigiéndose al Sargento de la Benemérita, que a la sazón ejercía de Comandante de Puesto. Que dice mi Capitán que vaya usted a la plaza, porque se están dando de hostias.

—¿Y quién es tu Capitán, muchacho?

—El Capitán de los romanos —dice el mandadero.

—No te doy un zopapo porque te voy a desarmar y luego resultaría imposible recomponerte. Quítate de mi vista inmediatamente. Para cualquier hijo de madre estas palabras del Sargento, con esa cara que parecía esculpida en granito, con un mostacho más grande que la Iglesia Mayor y su tricornio de los de verdad, de los de tres cuernos, como está mandado. A cualquiera se le hubiera helado la sangre en las venas, pero el mandaero que tenía menos seso que un mosquito (por algo su mote era el de “letrao”) en su inconsciencia siguió insistiendo ante el del mostacho. Éste armado de paciencia respiró hondo, cogió del brazo al “letrao” y le dijo de esta guisa:
—Mira, muchacho, ve en busca de tu Capitán y dile de mi parte que dejen de pelear y se jueguen el asunto al “rentoy” en la taberna de Antonio Martín, a tres juegos y el que gane dos ese será al campeón. Todo ello regado con buen vino, podrá tener un final feliz. Así que ¡andando que es gerundio!

Y así lo hicieron. Aquello fue el disloque; entre envíos y revíos. Vaso va y vaso viene. Juanito, “el tuerto”, fue regañado por no hacer bien las señas. Resulta que había ligado el caballo de oros y no sabia cómo hacerle comprender al jefe la carta que tenía. Fue el disloque. Las voces se oían a más de dos kilómetros de distancia.
Al final terminó la partida, que ganaron los cristianos, como estaba mandado en un pueblo tan católico como Cañizares.

La sangre no llegó al río, y es que en Cañizares, como siempre, nunca pasa nada.



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